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lunes, 10 de agosto de 2009

LA GABARRA, ENTRE EL OLVIDO Y LA IMPUNIDAD

Viene de Judiciales y denuncias >

La ofensiva paramilitar, a pesar de la violencia, destrucción y sevicia con la que se realizó no fue secreta, al contrario, fue anunciada públicamente por Carlos Castaño, en una entrevista con la periodista Claudia Gurissati y registrada más tarde por el diario El Tiempo. Tampoco estuvo exenta de advertencias, ya que la diócesis de Tibú y la Defensoría del Pueblo activaron el sistema de alertas tempranas.
Mayo 29 de 1999 es una fecha que los habitantes de este corregimiento recuerdan con estremecimiento y dolor, como la entrada de los paramilitares al territorio, canoas y camiones de gente huyeron del municipio, buscando refugiarse en Venezuela o escapar a Cúcuta, las personas que se quedaron lo hicieron pensando que no le debían nada a nadie; no sabían que comenzaba un viacrucis de impunidad, violencia y olvido que aun no ha terminado.

LA TOMA PARAMILITAR DE LA GABARRA

Mucho es lo que se comenta pero la realidad al parecer se escapa a los oídos de la nación la destrucción y barbarie padecida por esta población va mas allá de la masacre de los 35 pobladores del casco urbano ocurrido el 23 de agosto de 1999, la voz de su pueblo habla de cifras que superan los 8.000 asesinatos, muchos de ellos (la mayoría) desaparecidos, cuerpos que hechos pedazos se perdieron en lo profundo del rio o simplemente reposan desmembrados y revueltos entre sí en improvisadas fosas en cualquier lugar de una finca cercana a los hechos.

Así como cuando uno parpadea, así fue; en un instante el poblado quedó a oscuras, se callaron los televisores y los equipos de sonido, un lúgubre silencio se tomo las calles, por un momento se sintió la paz que el mutismo otorga, de igual manera, una luz iluminó el firmamento y el cielo se tiñó de rojo, una bengala emergió desde el centro de la Gabarra y las botas comenzaron a hacer eco entre las empedradas calles, la sombra paramilitar se fue adentrando a las casas, a los pasillos y corredores, fueron sacando a los campesinos y masacrándolos frente a sus esposas, madres, hijos, amigos y vecinos. Los crujidos de la guerra manifestados en las balas paramilitares se confundían con el llanto y los gritos de las víctimas algunas suplicando respeto por sus vidas, otras pidiéndole al padre creador amparo ante tan nefasto suceso. Cuando ya se creía que todo había terminado, volvían a tronar las armas haciendo blanco en otro civil, en otro padre, madre, hijo, hermano, una vida más que se extinguía y el presagio de lo que sería una larga y terrorífica noche, algunos veían entre los calados y las cornisas como esto acontecía sin que nadie hiciera nada para detenerlo, no bastaron para este entonces las alertas enviadas ni la protección solicitada meses atrás, fue un abandono total.

Algunos como pudieron improvisaron refugios en sus hogares ya fuera bajo la cama, bajo la mesa del comedor, escondidos entre la maleza del patio de sus casas; los padres y las madres, tíos, tías, sobrinos, todos los mayores trataban de detener con sus manos los gritos y el llanto producto del terror que de las entrañas de los niños emanaban con el único fin de no ser detectados en medio de la noche, poco a poco, y con el transcurrir de los minutos, se fue generando una tensa calma, hubo momentos donde ya nada se escuchó pero nadie se atrevía a salir, fue la claridad del alba y la certeza de que la sombra de la muerte se había ido, tal vez a pasear, la que permitió a los pobladores salir de sus improvisados refugios. La escena no podía ser peor, los cuerpos inertes de quienes hasta hace unas horas compartían entre sí yacían tendidos en los andenes, la incertidumbre se apoderaba de la gente que entre el reconocimiento de los muertos y el deseo de no encontrar entre ellos ningún ser querido, no encontraban aun explicación alguna para lo ocurrido; la tristeza, el desconsuelo y la desilusión se dibujaba en los rostros de los habitantes, las viudas lloraban a sus muertos, orfandad y luto cubrían las calles del corregimiento, los que podían recogían a sus muertos, otros sólo pensaban tomar lo que les fuera útil de sus pertenencias para salir de allí en busca de refugio en tierras lejanas, el éxodo fue el paso a seguir, centenares de familias huyeron del terror, el corregimiento fue quedando casi desértico así como los campos.

Los siguientes 7 años la escena se repitió, ya no sólo en el casco urbano del corregimiento, sino en cada uno de sus rincones selváticos, las fincas fueron abandonadas y muchas de ellas convertidas en improvisados cementerios, en medio de la noche los pobladores se escabullían en complicidad con la penumbra para darle sepultura a los cuerpos de sus seres queridos quienes antes llenaron sus redes de peces, pero ahora se convertirían en verdaderos pescadores de hombres porque con sus redes rescataban partes de cuerpos que kilómetros más arriba eran lanzados al rio por sus verdugos. Así mismo, el cura del corregimiento en compañía de algunos pobladores desafiaban las órdenes impartidas por los paramilitares y por medio de sus canoas, las cuales tapizaban con cal, se lanzaban a las aguas del rio Catatumbo a rescatar los inertes cuerpos de campesinos que venían flotando, con el fin de devolverle algo de dignidad a su alma, permitirle una cristiana sepultura y a su vez para prevenir las epidemias que el avanzado estado de descomposición de los cadáveres podría traer.
Estos siete años fueron de una constante zozobra, la economía del sector decayó, los paramilitares se apoderaron de los negocios y de los enceres abandonados, el ganado que los campesinos tuvieron que dejar al momento de huir, fue embarcado en camiones y sacado de la región o utilizado para alimentar a la tropa, la pobreza se apoderó del sector, la muerte y la tortura fueron parte de la dinámica habitual, cada día era una nueva masacre, los campos no daban abasto para recibir tantos cadáveres, en lugares como la vereda de vetas, cuentan los relatos de los sobrevivientes, fueron tan numerosos los cuerpos enterrados, que las osamentas comenzaron a brotar de la tierra.
La historia de la Gabarra se escribe con sangre, el proceso de reparación, de reconstrucción histórica y redignificación de los pobladores y de los nombres de las víctimas implica un trabajo arduo, pero sobretodo una responsabilidad estatal que va mas allá del asistencialismo; pretender iniciar este proceso sin el reconocimiento por parte del estado de su coautoría o de su facilitación interrumpe cualquier iniciativa, la memoria no se puede borrar, los muertos hablan desde lo profundo del rio, desde sus improvisadas tumbas; la historia esta encallada en los anales de la memoria de adultos y chicos; los jóvenes manejan unos altos niveles de tensión y violencia pues esta hizo parte de sus pautas de crianza, el daño en el tejido social es más grande de lo que se pretende, un verdadero proceso de reparación implica que el Estado reconozca y elabore planes de trabajo que involucren a todos los miembros de la comunidad, niños, jóvenes, adultos y ancianos; es justo reconocer la importancia de la Comunidad Barí presente en el sector y habitantes ancestrales del mismo, quienes también vivieron esta barbarie y fueron testigos del humo negro que cegó la vida de sus líderes resistentes hasta la muerte, comunidad guerrera y defensora de sus costumbres, fiel representante de las convicciones espirituales y de la conexión con la madre tierra, a ellos, con ellos y por ellos, el compromiso estatal debe ser real y serio, debe ser total.

Actualmente la población sigue siendo víctima de señalamientos por parte de agentes estatales, constantemente la “reparación” se baña en glifosato, acabando sus cultivos y sus pieles, la economía se encuentra estancada y peor aun las noches son de vigilia pues está anunciada una nueva incursión y no se sabe, de pronto una noche de estas el cielo vuelva a teñirse de rojo.

REFLEXIONES
La jornada de trabajo coordinada por la unidad regional de la CNRR en la cual participó la Corporación Compromiso fue una oportunidad, para acercarse a la compleja realidad del Catatumbo y más específicamente la del corregimiento de la Gabarra, construyendo una opinión informada acerca del estado del corregimiento y la situación de los habitantes. La ley de Justicia y Paz y el proceso de reparación, presenta fuertes problemáticas en esta zona del país, ya que la complejidad del mismo no ha permitido que las víctimas tengan un conocimiento claro del proceso, la gran mayoría se presenta con un montón de papeles, desconociendo para que sirven o cuáles son las diferencias entre la reparación administrativa y la reparación integral, además muchos no saben leer por lo cual firman documentos sin conocer el contenido de los mismos. Esto refleja las series deficiencias del proceso de Justicia y Paz, que lejos de brindar una posibilidad real de reparación expone a las víctimas a engaños y estafas por parte de terceros.

El proceso es asimétrico, mientras el Estado brinda favorabilidad jurídica y alivio de penas a los victimarios, las víctimas carecen de apoyo jurídico, psicosocial y político para demandar sus derechos a la verdad, la justicia y la reparación. La ley de justicia y paz implica un proceso incierto y muy largo, con altas posibilidades de impunidad en miles de crímenes, mientras una gran parte de las víctimas que son de tercera edad, no tienen posibilidades de conocer la verdad, ni acceder a la reparación.

Adicionalmente se observa la débil institucionalidad del Estado social que contrasta con una fuerte y creciente presencia de unidades militares acantonadas en este territorio. El caso también refleja la desorientación de miles de sobrevivientes víctimas quienes ignoran los principios de la reparación integral mientras no reciben la mínima atención en su defensa y representación.

La sostenibilidad económica del municipio, que fue destruida por los paramilitares en los siete años de su presencia en la zona, no ha sido restaurada, los pobladores se quejan de las fumigaciones que destruyen los cultivos de plátano, yuca y maíz que se esfuerzan por sembrar con los escasos recursos que tienen. Según testimonios de los médicos de la jornada humanitaria, las personas atendidas presentaban enfermedades dermatológicas. La población infantil presenta signos de desnutrición que pueden afectar su crecimiento. En este sentido la situación de la población, a nivel económico y social, es delicada; algunas personas expresaron su intención de irse del corregimiento al no saber cómo rehacer sus proyectos de vida.

Es responsabilidad del Estado Nacional comprometerse en una real reparación integral a cada una de las víctimas conjuntamente con un proceso de reparación colectiva a la comunidad, pero ante todo hacer presencia no sólo militarmente, sino a través de sus instituciones y brindar a la población un real acceso a sus derechos.

Es necesario que todos los actores armados que propiciaron o colaboraron con la impunidad y la indefensión de la población civil asuman su responsabilidad entre estos sectores del ejército y la policía, como lo revelo el líder paramilitar Salvatore Mancuso, cuando afirmó “que las revelaciones de la relación de su grupo con la Fuerza pública sería un episodio de mayor calado de lo que ha significado la para-política “. El reconocimiento de las responsabilidades es un acto fundamental no sólo para la construcción de la memoria histórica, sino más importante aún para garantizar la no repetición de los hechos. Invisibilizar esto y sostener líneas de reconciliación con el olvido, conduce a desencadenar y afianzar una cadena de impunidad penal e histórica, lo cual sería inaceptable, cuando hay una demanda de justicia pendiente para dignificar la comunidad de la Gabarra que fue torturada física, psicológica, individual y colectivamente y en este momento está en peligro de desplazamiento o de una nueva revictimización.

El Estado colombiano y sus instituciones tienen una deuda muy grande con la comunidad victimizada del Catatumbo. Regresar a Inicio >

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